Subida y bajada del Mulhacén desde Salobreña

No hace mucho que conozco a la gente del CC MTB Sport Bike Alicante y desde el principio ya ví que sus rutas eran algo diferente. Si tenías ganas de unirte a grandes aventuras, estabas en el sitio correcto. Para mí fue el momento perfecto de lanzarme a otro tipo de Mountain Bike, el de rutas largas, de ritmo alto y pasando por lugares bonitos. Muchos de ellos, cerca de casa y que nunca había visitado. Para ser exacto, ni sabía que existían.

Aunque sólo he realizado seis o siete salidas con ellos, y no pude unirme a la Aitana Extreme que realizaron hace unos meses, me han acogido muy bien y me parece conocerlos de hace más tiempo. La bici y el campo de manera sana unen.

Ya hace algunas semanas había escuchado la idea de una ruta al Mulhacén. Pero no sabía quién la organizaba, ni quiénes iban, ni si había plazas. Hacía tiempo que se me había ido la idea de la cabeza cuando Juan, “jefe de filas” de Sport Bike, me comentó si me apuntaba a la aventura. Tras pensarlo un fin de semana, le dije que sí.

Cuando me enteré que la idea de la ruta era de Papero, al que conocí algunas semanas antes en la ruta con la subida a La Xau, y que Molly también vendría, me alegré bastante, pues los dos me cayeron muy bien ese día. Además, la organización de Juan, con la experiencia de otras aventuras mucho más complicadas, ofrecían garantías.

Bien, pues el viernes 8 de julio de 2011, a las 17:25 más o menos, nos ponemos en marcha el primer grupo de los que salimos de Alicante. Molly y Papero vienen a por Juan Ignacio y a por mí a la tienda y salimos hacia Salobreña. Juan, con mi tocayo Pablo, Luis (imprescindible en el coche de apoyo), Paco y Alejandro vienen más tarde (al final, mucho más tarde, puesto que una avería les hace volver a Alicante y cambiar de vehículo para el viaje).

En Salobreña conocemos a Yolanda, que viene de la Mancha para hacer la ruta con nosotros. Es amiga de Molly y Papero por haber coincidido en otras rutas. Y al día siguiente conocemos a Javi, un crack de Pedro Muñoz (Ciudad Real) y a ¿?, de Crevillente, que ha venido solo.

El día siguiente es la diana a las 5 de la mañana (algunos sólo han podido descansar menos de una hora) y salimos desde la playa de Salobreña, al nivel del mar, a las 6.15, tras ligero desayuno de bollería industrial, zumos de bote, horchatas y otras marranadas, con alguna excepción, que nos dan energía durante los primeros kilómetros. La verdad es que, en maillot corto, hace más frío que otra cosa y todavía no hay pendiente ni ritmo como para entrar en calor. No sé por qué he decidido dejar el cortavientos en el coche en el último momento.

Sobre las 7 y pico, ya con bastante luz, paramos a tomar café, comer algo más de bollería y degustar un estupendo bizcocho de chocolate y nueces que ha hecho Molly y que, además de bueno, pega fenomenal con el cafetito. Seguimos en seguida, que Papero ya nos azuza para montar de nuevo.

Hasta ahí el paisaje ya ha sido espectacular. Subimos por el valle del Río Guadalfeo, que ha horadado durante miles de años unas paredes verticales de mucha altura y por donde hay caídas de agua cada poco tiempo. Carretera encajonada, casi sin coches, río, vegetación, ritmo tranquilito… todo perfecto…

Luego vendría el Embalse de Rules, con unas vistas preciosas y, tras cruzar el río por el puente, paramos en Órgiva, donde compramos agua, hielo, pan… y donde miramos todos para arriba esperando ver un avión para encontrarnos con un trueno que precede a un buen chaparrón que refresca el ambiente y nos deja cara de alguna preocupación. Una vez pasado, reemprendemos la marcha embadurnados de crema, pues antes o después iba a darnos el sol.

Desde Órgiva la carretera ya se empina más. Es más abierta hacia el lado del valle y las vistas son increíbles, pero al len el arcén ya no hay montañas, ni rocas, ni agua… seguimos yendo despacito, pero ya no tanto. Se empiezan a hacer grupitos, que se reorganizan cada dos por tres. Se ve a Pablo y al amigo de Crevillente muy fuertes por delante y a Alejandro con algún problema por detrás. En los primeros metros tuvo una caída en la que se golpeó una ya lesionada rodilla y, además, la falta de descanso le está afectando.

Pablo y el Crevillentí vuelven para ir a por él y ayudarlo. Pablo le empuja durante unos kilómetros. El resto, supongo que tan sorprendidos como yo con los paisajes, la abundancia de agua, que vuelve a aparecer, y las zonas donde los árboles hacen un verdadero túnel verde.

Sin darnos mucha cuenta llegamos hasta el cruce de la carretera sobre el Barranco de Poqueira, un lugar precioso con salto de agua y río encajonado. Almorzamos. Son algo más de las 10. Hasta ahí, la ruta es un paseo. Todo el mundo lleva buena cara, vamos hablando, conversando, riéndonos… Javi se lleva la palma explicándonos que Pedro Muñoz es el nombre de su pueblo, no el suyo (lo lleva puesto en el culotte), y que en el mismo hay apuestas sobre si conseguirá o no hacer cumbre con la bici.

Tras el almuerzo y varias fotos al lugar, seguimos y casi sin enterarnos llegamos y pasamos por Pampaneira, Bubión, donde bebemos y cogemos el agua más buena que nunca haya probado, y Capileira, última población en lo que queda de subida.

Al poco, el asfalto liso se convierte en carretera parcheada que se empina y se mete en el monte. Todo es ya más seco y le vegetación empieza a cambiar a pinos, algún abeto y carrasca.

La carretera dará paso a una pista forestal en buen estado y cada vez va quedando más expuesta al sol, pero aún hay bastantes árboles a los lados. Seguimos así hasta la barrera que cierra el paso al Parque Natural a los vehículos a motor. Es el momento de comer, aunque aquí aparecen las primeras divisiones de opinión. Unos prefieren una pequeña parada para comer un poquito y coger lo imprescindible para ir a la cima y otros prefieren hacer comida en toda regla y al final degustamos la empanada gallega de Javi, la tortilla de patata y la pechuga empapelada (perdón, empanada) de Molly, la tortilla del amigo crevillentí, pan, queso, frutos secos, refrescos, cerveza… el chocolate de Yolanda, la ensalada de pasta de Juan…

Nos hinchamos a ponernos crema de nuevo. Empezamos a llevar unas pintas memorables.

Reemprendemos la marcha al poco de terminar de comer. Hemos estado parados un buen rato a sol/sombra, no hemos estirado apenas y todo eso se va volviendo en contra de algunos poco más adelante.

A mí se me olvida algo en el coche y vuelvo a por ello y, cuando cojo la pista, ya no veo al grupo. LLego a la barrera, el guarda la levanta amablemente, y me uno a ellos tranquilamente. Ya veo que Juan no va bien y me dice que tiene una pierna agarrotada. Voy superando a los demás y voy viendo que las caras no son las mismas que antes de comer. Excepto Pablo y el crevillentí, los demás no llevan buena pinta. Me uno a estos dos y empezamos a subir bastante fuerte. Hacia abajo pasan dos o tres grupos de ciclistas que bajan a toda castaña y bien abrigados. No sé a qué hora habrán subido, ni de dónde vienen, aunque hay rutas más sencillas que suben a la planicie cercana a las cumbres desde la otra cara y permiten bajar por esta en un buen descenso.

Después de más de 30′ de pedalear y sufrir con ellos, veo que no puedo seguir su conversación, y mucho menos su ritmo. Les digo que no me esperen si me quedo y eso sucede poco más adelante. Si llego a seguir con ellos un poco más, hubiera acabado aquí mi recorrido por ese día. Vienen rampas más duras que las anteriores, aunque tampoco muy fuertes. Pero el sol, el viento, el cansancio y, creo yo, la comida, me hacen poner pie a tierra por primera vez. Creo que, al menos Juan Ignacio debe venir detrás, y opto por alternar el andar con el pedalear, según las fuerzas. Empiezan a aparecer los primeros síntomas de desesperación. No se ve a nadie ni por delante, ni por detrás. El paisaje no es gran cosa: todo tierra y piedra lisa, algunas plantas, ni un árbol y grillos por doquier. Da pena pisar alguno y voy pendiente de no hacerlo.

Finalmente, llego a un cruce, donde aparecen algunos montañeros a lo lejos. Se ven diferentes sendas y pistas. Dejo la bici y estiro, además de comer un poco y beber. Al no estar claro el camino, decido esperar a alguien que venga por detrás o a que algún senderista, que están sentados más arriba, baje y vea por dónde hay que subir. La boca se me seca cada minuto y no puede ser por sudar, pues el viento y la altura hacen que la temperatura sea muy agradable para hacer deporte. Claramente, me faltan electrolitos. Sentado, te vas quedando frío. Las piedras, negras, están calientes, por lo que estirar encima de ellas es perfecto.

Para mí sorpresa, Paco es el primero que aparece. Lo espero, hablamos un poco y cogemos la senda casi imperceptible por la que ha bajado ya alguna persona. A partir de aquí, no sé si por el cansancio extremo, la falta de oxígeno o el tiempo pasado (unas 5 horas aún hasta la cumbre), los recuerdos que tengo son bastante confusos. Con Paco subo un buen trozo y, ante las dudas de qué camino coger, decido atajar por la cresta de una loma. Paco me sigue, pero luego decide ir a coger la pista principal por donde Molly ya sube desde hace tiempo (es normal, porque mi idea parece una locura). Hace más recorrido, pero es más fácil. Es casi imposible pedalear en ningún momento. La pendiente no es tan fuerte, pero no nos van las piernas. Incluso andando, aunque sea con la bici, las sensaciones engañan. 50 metros parecen un mundo y poco a poco te vas dando cuenta de la realidad: si logro subir, va a ser un esfuerzo titánico. Sin bici la realidad sería otra, puesto que pruebo a andar un poco sin ella y la cosa cambia mucho. Además, la cadera me está matando de dolor. Necesito sentarme cada cierto tiempo y darle descanso, además de estirar.

Me uno a Molly, que poco a poco me deja atrás, tras decirme que ella prefiere ir poco a poco que hacer paradas. Otra que me sorprendió enormemente. Vaya fuerza de voluntad, vaya paciencia y vaya constancia para llegar ahí arriba. Yo sigo en mis trece de subir campo a través. Al poco veo una figura detrás y espero. Cuando espero ver a Paco, veo que es Papero cuando se acerca. Bien, ya somos cuatro por aquí arriba. No sabía lo importante que iba a ser Papero en lo que quedaba de subida. Yo ya había parado varias veces desesperado. No había llorado porque no tenía ni fuerzas para hacerlo. Veía que la cosa se escapaba tan cerca como estaba. Además, andaba preocupado y extrañado por no ver por delante al otro Pablo y al crevillentí.

Pero Papero lo cambió todo. Además, me explica cómo ha visto a Javi equivocarse de ruta y no poder avisarlo a tiempo. Gracias al milagroso encuentro con un señor bastante mayor, que llevaba a su grupo de bajada, abandonamos esa ruta y bajamos un poco (aunque Papero le dijo que para atrás, ni para coger impulso… ja, ja, ja… ) a encontrar la pista por donde iban Molly y Paco. El señor nos explica que los compañeros que se han equivocado se habrán ido al refugio, donde alguien les habrá explicado la situación, y que se habrán encontrado con una pared para subir con lambici a cuestas. Luego nos enteraríamos que el crevillentó lo intentó y se quedó cerca de conseguirlo.

Nos unimos todos: Molly, Paco, Papero y yo. Un rato después, sorprendentemente, apareció Yolanda, a la que esperamos (un poco demasiado tarde) y, al ver que no venía, Papero bajó a por ella y le subió la bicicleta. Luego, en varios tramos, le siguió llevando la bici, además de la suya. No sé cómo pudo hacerlo, porque yo apenas podía con la mía y, por supuesto, apenas podía hablar, mientras el daba ánimos y tomaba decisiones.

Juntos, fuimos haciendo kilómetros. Ya sólo las grandes manchas de nieve nos hicieron salirnos de la pista, pero el ritmo era lentísimo. Hace horas que andamos y cada vez retrasamos más nuestras expectativas de hora de llegada a la cumbre. Desde las 16:30 hemos pasado ya a llegar a las 18:30 ó más. Me empieza a preocupar mucho la bajada. El frío, que irá aumentando y, sobre todo, que no podamos bajar montados todo lo que hemos andado. Hay tramos complicados.

Pero el Mulhacén II se ve muy cerca y antes o después vamos a alcanzarlo. Molly y Papero llegaron los primeros a la cumbre del Mulhacén II. Decidieron atravesar un nevero y yo decidí rodearlo, porque no quería arriesgar a mojarme los pies y luego helarme en la bajada. Por narices, me dije que lo iba a hacer en la bici. Así que monté y di pedales hasta estampar la rueda contra las rocas del vértice geodésico, de donde salieron corriendo varias cabras.

Me recreo un poco con el momento mientras ellos salen ya rumbo a la verdadera cumbre, el Mulhacén I, que se ve no muy lejos, un poco más arriba y con bastante gente. Pero lo que parecía un paseo de 5′ se transforma en un esfuerzo infernal de más de 20, calculo yo, aunque si me dicen que fueron sólo 10 me lo creo y, si fueron más de 30, también me lo creería. Yolanda se ha quedado esperando en el Mulhacén II. Bastante ha hecho con llegar hasta ahí.

Desde lejos se ve colgada una pancarta cerca de la cumbre y tengo la esperanza que Pablo, el crevillentí y Javi hayan logrado llegar de alguna manera, pero al acercarnos veo que no es la pancarta de Sport Bike.

Poco a poco llega el momento esperado. Molly y Papero han llegado ya a la cumbre hace un poco y yo me voy acercando. Descanso un poco unos metros antes y me planteo subir a platillo la última rampa, pero lo veo peligroso. Además, hay gente sentada a los lados y no quiero caer encima de nadie. Así que empujo la bici deprisa y subo la última rampita hasta la base del geodésico. Paco viene un poquito más atrás. Papero me da un abrazo de campeonato. Está exultante. No es para menos. Me abrazo también con Molly. Casi vuelvo a llorar otra vez, pero esta vez de la alegría.

La gente nos felicita, incluso nos aplaude y una señora nos dice que “no sólo la roja es campeona, que vosotros también lo sois”. La verdad es que me emocionó. Esa sola frase vale por todo el esfuerzo anterior y refleja lo que hemos sufrido y, por otro lado, la suerte que hemos tenido. Al menos, yo, que he tenido la fortuna o el acierto de encontrarme con la persona y los consejos adecuados en cada tramo para poder llegar arriba.

Desde el vértice, las vistas hacie el Valle que hay entre el Veleta y el Mulhacén son espectaculares. Hay una caída vertical de, me atrevería a decir, más de 800 ó 900 metros, con las lagunas debajo. Papero, Molly y Paco suben sus bicis para hacerse unas fotos que se nos quedarán en el recuerdo para siempre. Yo también me hago fotos. Con el maillot de Sport Bike, a los que debo el poder haber hecho realidad esta aventura. Me acuerdo de Juan y me da mucha rabia que no haya podido culminar esta idea por culpa de la mala suerte. También me acuerdo de todos los demás: Juan Ignacio, del que estaba convencido que iba a subir al ver la forma que tenía últimamente y el peso que ha perdido. De mi tocayo Pablo, que iba muy fuerte, pero cogió el camino erróneo. Estoy muy contento, pero la felicidad no es completa al no haber podido subir todos o una mayoría de los del grupo.

Me abrigo con todo lo que he llevado. Papel de periódico, un polo de manga larga y el cortavientos. Desbloqueo la horquilla y el amortiguador, saco aire y bajo un poco el sillín. La primera parte de la bajada, del Mulhacén I al II, es complicada. Ellos bajan andando, pero yo puedo bajar ya montado gracias a mis ruedas (lo suyo me ha costado que rodaran hasta aquí), y mi suspensión trasera. Eso sí, me doy cuenta que apenas tengo frenos. Creo que es debido a la presión.

La bajada se hace menos empinada y poco a poco me acerco al Mulhacén II. La situación es de película: pedaleo a unos 3.400 metros, entre lascas de pizarra que podrían rajar una cubierta, con un valle tremendo a la derecha y las cabras huyendo por la planicie de la izquierda. Doy botes entre los pedruscos e improviso, porque la senda se pierde. Voy rezando porque no pase nada, ya que sería imposible casi salir de allí con la bici a cuestas. Me doy prisa por llegar a ver si Yolanda está aún esperando. Entre la ida, descansar, las fotos, hablar con la gente y volver, igual hemos tardado más de lo que parece. Pero también aprovecho el momento de soledad y de alegría. Al no hacer apenas ruido y bajar contra el viento, las cabras no me ven llegar. Me echo casi encima de una y se da cuenta en el último momento. No sé si va a huir o se va a girar hacia mí y me entra el pánico durante medio segundo. Afortunadamente, gira hacia abajo y sale corriendo mientras hace ese alucinante silbido de alerta para la manada. Me entra un subidón de los que pensaba que sólo se podían experimentar con otras cosas. Tengo la piel de gallina, pero no es de frío. Ufffff……

LLego al Mulhacén II y miro. Grito, pero Yolanda no está. No me extraña. Hace un frío de narices para estar parado. Bajo un poco para ver si la veo por la pista bajando y veo que hay marca de ruedas en el primer nevero. Imagino que son las suyas. Espero a los demás y les digo que Yolanda no está. En el siguiente nevero vemos de nuevo marcas de rueda y nos vamos tranquilizando. Más adelante, una pareja nos confirma que la han visto bajar hace 10′.

La pista cada vez permite ir más deprisa y nos alejamos del valle de la derecha para tener vistas al de la izquierda, hacia la zona de Trevélez. Voy recuperando los frenos. Pasamos unas lomas llenas de plantas de alta montaña con flores amarillas. Precioso lugar. Me divierto como nunca antes lo había hecho sobre la bici. Por lo conseguido y por la bajada, que empieza a ser a tumba abierta. Voy intentando acordarme de dónde coger unas sendas más difíciles que además acortan la ruta haciendo de atajo entre Z y Z de la pista. Cogemos la primera y nos lo pasamos pipa. Paco decía que no bajaba mucho, pero llega rápido en cuento aflojo un poco a esperar que vengan todos. Helen también le tenía respeto a las bajadas, pero en la pista está bajando muy bien. Papero va el último casi todo el tiempo, pero va parando a hacer muchas fotos. Los tres llevan rígidas y neumáticos bastante rodadores.

La última senda, estrechita, más empinada y con algunos pedruscos que evitar o bajar es el colofón perfecto a la zona alta de la ruta. Se acaba con una velocidad tremenda y se entra en la pista para enlazar con la salida del Parque Natural. Paro a esperar y, al mirar hacia atrás, el Mulhacén se pierde ya a mucha distancia. Hemos bajado deprisa durante unos 30′.

De ahí al coche la pista nos lleva a toda pastilla. Nos acercamos a los 60 km/h en algún tramo. Llegamos al coche, donde nos esperan, pacientemente, Luis, Alejandro (que ha hecho casi todo el día de copiloto), y Yolanda, que ha llegado hace un ratito. No me hubiera extrañado que se hubieran ido y nos hubieran dejado lo imprescindible. Luis y Alejandro llevan 6 horas esperando. Son las 19:50. Luis nos comenta que quieren subir a por nosotros desde Salobreña para bajarnos en coche. No decimos nada, pero no nos atrae nada la idea. Queremos hacer la ruta completa, aunque se haga de madrugada.

Cogemos algo de comida, dejamos algo de ropa, cargamos agua de la fuente y cogemos las luces para más adelante. Yo cojo la mochila entera. Por si pasa algo poder ser independiente y para llevar más peso. Seguro que bajo más deprisa. La temperatura ha cambiado mucho y empieza a hacer calor. Papero y Molly son unos fieras y han bajado sólo con el maillot.

Seguimos bajando a toda velocidad. Como nunca pensaba que se podría bajar por una pista. Eso sí, hay que tener presente que, a partir de aquí, podríamos encontrarnos coches. Los claroscuros de las sombras de los árboles pueden hacer eso más peligroso. Además, se estrellan cientos de bichos por todo el cuerpo. Es peligroso hablar o respirar por la boca. De hecho, me entra algún bicho cuando hablo con Paco, pero logro escupirlos.

LLegamos a la carretera de asfalto parcheado y luego al asfalto bueno, un poco antes de Capileira. Todos pensamos lo mismo: no nos creemos haber subido esto esta mañana. Parece que hemos bajado el doble de lo subido. En Capileira repostamos agua de nuevo de la mejor fuente del mundo. Hay gente ya que sube a cenar, a comprar en las tiendas. Es sábado por la tarde. La gente va arregladita, toman cervezas en las terracitas. Un guiri más joven que nosotros cena un perol enorme de pasta y una botella de lambrusco. Lo miro con cara de ser un perro hambriento. Menos mal que no levanta la cabeza del plato. Le digo a Paco si pedimos una caña en una terraza y, ya puestos, un plato alpujarreño. LLevo dos días pensando en el plato de marras y veo que me voy sin probarlo. Al final nos alcanzan los demás y Papero pega su típico grito manchego para ponernos en movimiento. Ni caña, ni plato alpujarreño, ni leches… al final es el mayor pero que me llevo de esta experiencia: no haber catado la gastronomía de aquí.

La bajada desde aquí es preciosa. Es asfalto, sí, pero rodeado de árboles, casitas preciosas, bajadas de agua, prados verdes. LLegamos de nuevo al Barranco de Poqueira y me da tiempo a ralentizar un poco el ritmo y echar un vistazo al río, la cascada, las rocas.

La bajada es vertiginosa y, al menos yo, aunque supongo que todos, voy recordando cada momento de la subida y lo que ha significado eso para la ascensión final. Igual que en la pista, creo que nunca he bajado tan deprisa y tan a gusto. Recuerdo (o quiero recordar) que no hay curvas muy cerradas, y nos lanzamos en posición aerodinámica, incluso adelantando coches. Tenemos ventaja de frenada en las curvas.

En Órgiva un chico nos dice que nos pongamos en casco, lo cual no entendemos, porque lo llevamos puesto, obviamente. Pero lo entendemos cuando atravesamos un macrobotellón que es un peligro para nosotros. Coches aparcados en las cunetas, gente bebida cruzando la calzada… Pienso que es un poco pronto para tanta fiesta, pero miro el reloj y me doy cuenta que son las 21:42 h. Paco y yo pasamos sin problemas, pero el resto no viene. Paco llama y ha habido pinchazo de Helen y posterior problema con el montaje. Yolanda se ha subido al coche. No me extraña, porque iba justita y a nosotros no sé de dónde nos salen las fuerzas.

Paco y yo tenemos un susto con dos coches. El primero nos pita y adelanta de mala manera, pero el segundo se mete detrás pegado, viene uno de frente, llega una curva y por un instante veo a Paco fuera de la carretera, pero al final hay sitio para los tres. Bajamos tan deprisa que no nos separamos de los coches y llego a hablar con la conductora por la ventanilla para explicarle que podemos bajar e paralelo y que está prohibido pitar a los ciclistas, pero la acompañante me insulta y dejo la cosa correr, aunque vamos pegados al coche durante varios kilómetros y “le pitamos” en señal de guasa, ya que la verdad es que nos iba frenando.

Al llegar a un cruce, Paco y yo paramos a esperar. Tardan mucho en venir y nos sentamos en un parque. Demasiado tardan ya. Aprovechamos para quitarnos ropa, poner las luces, estirar… hace un calor infernal, pero al quitarnos la ropa seguimos igual. Tantas horas de esfuerzo deben ser la causa. Al final aparecen y, en el pueblo siguiente, paran en una gasolinera a solucionar el problema con la cámara de Helen. Una pobre mujer mal de la cabeza nos pide que no le apuntemos con las luces, porque es bruja. Las apagamos y nos da las gracias como si rezara…ja, ja…

Paco y yo vamos bajando poco a poco, porque llevamos ya mucho tiempo parados. Tardan en alcanzarnos y esperamos a la salida del pequeño túnel que cruza el río. Ver los sitios que mejor recordamos del inicio de la ruta nos da más ánimos. LLega terrano menos inclinado y seguimos yendo a un ritmo alto. Con plato, piñones pequeños y poniéndonos de pie en las rampas más llevaderas. Eso sí, cuando llega una rampa fuerte, desarrollo muy pequeño y a sufrir. Las fibras de nuestros músculos que hacen ese tipo de esfuerzo deben estar destrozadas. Tenemos contadas desde por la mañana las cuestas que nos íbamos a encontrar por la tarde y, la verdad, a mí se me hacen más llevaderas de lo pensado.

Tengo algo de hambre, y de sed, pero arriesgo y no tomo nada para darle más ganas al momento de llegar al pueblo y tomarme una caña y una tapa. Papero me confesaría después que él hizo lo mismo. Menudos pájaros estamos hechos.

El resto del camino es carretera buena con suave pendiente hacia abajo y algún tramo un poco más llano. Bajando voy el primero y no sirvo para trazarles las curvas, porque me separo demasiado. Pero, cuando me quedo detrás y el desarrollo es más pequeño por el terreno, me quedo atrás. No me puedo creer cómo tira Papero sin ponerse de pie y cómo le sigue el ritmo Helen. Tengo que decir que con ella “me han timado”. Yo la había visto en una salida de domingo y veía que se quedó un poco atrás, pero ahora veo que me cuesta seguirle la rueda… luego pienso que, en nuestras salidas de domingo, ella ya viene de haber salido el sábado. Increíble.

Lo complicado de la última parte, además de acertar con los cruces, evitar los coches y no caerse por la velocidad y por ser de noche, es buscar una posición cómoda. Poner el culo en el sillín es un suplicio. Despegarlo, también. Aprovecho el mínimo repecho para ponerme de pie. Hay que decir aquí que Luis es una fiera de conductor de apoyo. El tío no va detrás simplemente por ir, sino que está atento a todo, lo cual es muy complicado, porque lo fácil es aburrirse de ir despacio detrás de 4 ciclistas en el llano y de noche. Nos protege de los coches, nos alumbra. Se me ocurre que es una tontería llevar la mochila y, a la mínima que me quito un tirante, ya noto como acelera para ponerse al lado y que pueda darle la mochila a Alejandro. Un 10 para Luis.

Los 20 km que índice a Motril se me hacen un mundo, pero la energía me sigue llegando a las piernas. Creo que podría seguir pedaleando toda la noche. Es un momento mágico.

Finalmente, tras una pequeña vuelta por intentar evitar, sin éxito, entrar en la carretera, entramos en la nacional. Papero sigue fuerte y él y Helen se despegan. Paco me pregunta si es que están atacando ahora y le digo que me da lo mismo, que me quedan las fuerzas justas para la subida final, pero Paco me dice que “de eso, nada” y se lanza a por ellos. No me queda otra qe seguirle. LLegamos a Salobreña y subimos la calle Cristo, la de nuestra pensión. Se hace eterna la subida, pero llegamos a la puerta y salen a recibirnos muy contentos. Es de agradecer, porque el resto podría estar un tanto enfadado por no haber podido subir, pero todos están alegres. Mi tocayo me saluda efusivamente. Es un tío genial. Al poco dejamos las bicis en el patio. Yo descanso un momento en toledad, estiro, repaso todo lo vivido y doy gracias por haber bien, porque todos hayan llegado todos bien y, particularmente, por haber podido llegar arriba. Me acuerdo especialmente de Papero, que me hizo subir. De Helen, que me dio ejemplo. Y de Paco, que a la chita callando, entre queja y queja, llegó arriba y bajó como el que más.

Salgo a la calle y veo que algunos se van ya al bar de la esquina a prepararse para la cena mientras los últimos nos duchamos. Papero va para allá a pedir una caña y a esperar su correspondiente tapa. Le digo que me vaya pidiendo una, que en seguida voy para allá.

7X8.

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